domingo, 19 de agosto de 2012

Tomo VI - Interludio, o "El hombre de hojalata"

Bienvenido a Străjer Manor, sah. Me sorprendió usted. ¡Oh, no se disculpe usted! Sólo me temo que masa Azblanazi no esperaba visitas y tardará en regresar. Espero que no le sea inconveniente esperar en la salón. A lo sumo será una hora, ¡ya verá usted! Puede encender una pipa si lo desea; masa cuenta con el mejor tabaco.

Disculpe; ya veo que no fuma usted.

No le inquieta mi aspecto, ¿verdad? Espero no ser el primer hombre mecánico con el que se encuentra. ¡Válgame el Gran Relojero! Alguna gente se impresiona fácilmente, y me han comentado que hay incluso quienes peticionan a Su Majestad para que prohíba totalmente nuestra fabricación. ¿Le interesa acaso el tema? Si no le molesta a usted, sah, podría contarle mi historia, para pasar el rato mientras espera a mi amo.

Soy un Hombre Mecánico Modelo II. Fui fabricado por Charles Babbage y activado en la planta de fabricación de Artificios y Hombres Mecánicos del Colegio Imperial, el 12 de enero de 1892. Mi instructora fue Lady Lovelace, y me enseñó a cantar una canción. ¿Desea escucharla?

¿No contesta usted? No importa; tal vez luego. No voy a perder mi mente por esto.

Seguramente habrá visto usted mendigos mecánicos por las calles de Londres. Son el Modelo I, que apenas pueden considerarse autónomos, y poco más que chapuceras máquinas de recolectar peniques. Sabrá disculparme si me enorgullezco de ser un Modelo II. ¡Fuerte como un león e inteligente como un hombre! Sin embargo, verá usted, es completamente innecesario temernos. Los autómatas estamos construidos de forma que jamás podríamos dañar o, por inacción, permitir que se cause daño a seres humanos. El pensamiento mismo de – por ejemplo – causarle a usted algún daño, hace... hace rechinar mis engranajes. Aunque tal vez sea falta de grasa, ja-ja. Masa Babbage me explicó que el delicado mecanismo de relojería, resortes y válvulas que forman mi mente simplemente no permite tales pensamientos. Nuestro peor error ocurre cuando, ocasionalmente, consideramos "humano" a otro autómata o incluso a alguna mascota confianzuda; tal es el exceso de celo de nuestro creador para evitar accidentes. ¡Así que no tema usted!

Masa Babbage dice que – oh, pero siempre lo olvido: detesta que le diga masa e insiste en que lo llame Charles. Encuentra extremadamente irritante la actual afectación de la aristocracia por emplear sirvientes exóticos, y no fue sino por necesidad que tuvo que venderme al Profesor Azblanazi, a quien detesta cordialmente. Seguramente sabrá usted entenderme cuando menciono la cuestión "exótica"; he notado que no es usted inglés, ni blanco. Espero que no le incomode mi mención del tema. Quiero que sepa que no considero un defecto el color de su piel.

¿No se ha ofendido, verdad? Bien. Prosigo:

Mi padre, Charles Babbage, dice que lejos de ser un peligro, los hombres mecánicos somos la gran esperanza de la humanidad. Así nos llama, ¡Gran Relojero! "La gran esperanza". Dice que fuerzas terribles de allende el cosmos acechan a los hombres, criaturas espeluznantes que odian nuestro mundo y ante cuya mera presencia los hombres empalidecen y pierden la cordura. Pero, verá, precisamente aquí está la gran ventaja que tenemos los autómatas: no tenemos cordura que perder. Y en cambio, nuestra fuerza es prodigiosa e inagotable – mientras se nos de cuerda, claro está.

Creo que, pese al mutuo desagrado que se tienen masa Azblanazi y mi padre Charles, ambos comparten la misma visión: proteger a la humanidad. Ahora mismo Azblanazi debe estar en su club de Gentiles Caballeros, una sociedad cuyo objetivo es fomentar la Ciencia y proteger a la humanidad de los horrores que la acechan. Una sociedad masónica, dicen los rumores, y debo confesarle que pienso lo mismo. Excepto que no sé qué es "masónica". El Profesor no me explica estas cosas.

No se impaciente usted; masa Azblanazi debe estar por llegar. Estoy hablando hasta por los codos, ¡ja-ja! El Profesor diría que necesito un ajuste. En cambio, no habla usted casi nada. No lo culpo.

¿Tal vez desea un té? ¿No? ¿No toman infusiones en su país? Descuide, yo tampoco bebo nada. Apenas necesito cuerda una vez por semana, y aceite en mis engranajes ocasionalmente.

Comentábale sobre el Profesor Azblanazi, sah. A mi amo le ha disgustado enterarse sobre la terrible suerte de la Expedición Willmoore a las cuevas Ygghador en Islandia. Creo que masa esperaba que la expedición encontrara algo importante, tal vez un artefacto, que resultara útil para la defensa que organiza contra los poderes de otros universos. Oh, descuide, estoy seguro que el Profesor cuenta con planes alternativos. ¡Es muy inteligente!

Aguarde un momento, sah, creo que escucho algo...

¡Al fin! Me complace informarle que su espera ha terminado. Escucho el carruaje del Profesor sobre el empedrado. Será una agradable sorpresa para él si lo espera usted en su estudio. Tan solo, a fin de anunciarlo, necesitaría que me recuerde su nombre, señor...

... ¿Azathoth?


La horrible magnitud de un cosmos hostil amenaza con fracturar nuestras frágiles mentes en el próximo episodio:

Tomo VII-a — "Los tres terrores": Donde tres seres extraños con terribles intenciones hacen su aparición y se descubren con horror los responsables de los crímenes del East End.

Tomo VII-b — "Mi horror favorito": Donde la misteriosa puerta descubierta en el Tomo V ("Transbritania") comunica con un lugar donde inimaginables horrores son realidad, Butch cruza el umbral y Smith corre a buscarlo. El destino hace que Azblanazi deba revelar su relación con el caso para que el agente sobreviva.

Tomo VII-c — "Mi monóculo izquierdo": Donde las modificaciones protéticas del profesor Azblanazi salvan el día y se revela el origen de las mismas.

sábado, 28 de julio de 2012

Tomo V - Transbritania

When priests are more in word than matter;
When brewers mar their malt with water;
When nobles are their tailors’ tutors;
No heretics burn’d, but wenches’ suitors;
When every case in law is right;
No squire in debt, nor no poor knight;
When slanders do not live in tongues;
Nor cutpurses come not to throngs;
When usurers tell their gold i’ the field;
And bawds and whores do churches build;
Then shall the realm of Albion
Come to great confusion:
Then comes the time, who lives to see’t,
That going shall be us’d with feet.

— William Shakespeare

Despierto, de forma dolorosa, recostado sobre una mesa. Mesmerismo. Mas bien electrocución, gracias a la metálica mano del profesor Azblanazi. Reconozco el techo del museo y un olor fétido golpea mi nariz. El joven oficial está a mi lado, atontado, con manchas de barro y verdín en la cara. Nuevamente en shock, pero por un motivo diferente. Como un fogonazo, la imagen del libro volando hacia mi rostro golpea mi mente.

Me incorporo. Siento la sangre seca en mi cara.

—Insisto, deberíamos llevarlos a un hospital —la voz de Ser Higgs a mis espaldas.

—La medicina no puede hacer nada por este joven. —El profesor Azblanazi, frente a mi, señalando al joven oficial.— ¿Ya se olvidó de Ser Roger?

El profesor adivina mi primer pensamiento. —¿Cómo llegué aquí? ¿Qué sucedió?— Me pone al tanto de lo que parece haber sido una cacería humana, junto a mi perro mecánico, requerida para que el joven oficial esté en este momento aquí. Luego de atravesar la ventana continuó corriendo a todo vapor, seguido por Butch. Afortunadamente el joven se quedó sin cuerda antes que mi cuadrúpedo amigo y Ser Higgs pudo encontrarlo, desparramado en un zanjón, gracias al can. Azblanazi convenció a Ser Higgs de traernos al museo sin recurrir a las autoridades. Ser Higgs parece debatirse entre lo que le dicta la razón y los argumentos del profesor.

El profesor encontró ciertas coincidencias entre las primeras páginas del fatídico libro y unos planos o esquemas que pertenecían a un tal Reginald Pitts. Y asegura que nunca se hubiera imaginado que unos dibujos, por aberrantes que sean, podrían tener el efecto devastador que vieron en el joven oficial. Lo que no explica porqué decidió mostrárselos en ese momento. Ser Higgs coincide con Azblanazi en que existe una indescriptible similitud entre los esquemas y parece aceptar las excusas del profesor, al menos hasta tener una mejor explicación. La tranquilidad de Ser Higgs es lo único que me frena de golpear al profesor por lo que le hizo al pobre joven. ¿Qué le hizo? ¿Volverá a ser el mismo? ¿Quién es Ser Roger y cuál es su relación con lo sucedido al joven oficial?

El caso no deja de ponerse interesante, por decirlo de alguna manera, y acaba de crecer de forma más que inesperada. ¿Tendrá todo esto que ver con el interés de la Special Branch? ¿Qué más no nos han dicho? ¿Por qué motivo nos habrán involucrado? ¿Crímenes horribles? ¿Escritura indecifrable? ¿Libros enloquecedores? Esto claramente supera a Scotland Yard.

Ser Higgs y el enigmático profesor Azblanazi me convencen de continuar con la investigación aquí.

—Lo primero es averiguar el origen del libro —comienza Ser Higgs, una vez higienizado y remendado.

—Perteneció a un tal Duc de L'Isle —comento, como si lo supiera desde siempre.

—¿Y usted cómo lo sabe? —pregunta intrigado.

—Lo dice ahí, en la primera página —señalando con la mano, como con desdén. O miedo de que me la muerda un perro imaginario. Un escalofrío recorre mi espalda.

—Un joven francés, amante de los juguetes. —Azblanazi se adelanta a Ser Higgs, dejándolo con la boca abierta.— Y eso es todo lo que sé de ese nombre. Ahórrense las preguntas.

—A pesar del color parece estar encuadernado en piel. —Cambia el foco Ser Higgs.— Tiene la textura de la piel humana.

—Pero no lo es, —acota el profesor Azblanazi— por la posición de lo que parecen ser los ojos, no se parece a nada que conozcamos.

—Por la cantidad de pequeñas perforaciones, diría que fue eso lo que lo mató. —Continúa Ser Higgs.

—No lo creo, —retruca Azblanazi— parecen cicatrices, como si las hubiera tenido desde temprana edad. ¿Qué significan esos símbolos en la portada, Ser Higgs?

Lmarchnd Ph'lip. Nada que conozca, tal vez un nombre propio.

—¿No le recuerda otro arábigo libro?

—¿Un libro apócrifo de un libro apócrifo? Ahora que lo menciona, sí. Creí que sólo el libro de Abdul Alhazred era capaz de generarme esta incómoda y desagradable sensación al mirarlo. Supuestamente el libro es más antiguo que las Máquinas Mecánicas de Anthykera. Pero habla de tecnologías que harían palidecer la más modernas maravillas del imperio. Se atreve a hablar de imposibles máquinas sin engranajes, ni vapor, y otras pamplinas.

—Con todos nuestros avances en ciencia y tecnología y hay personas incapaces de distinguir entre una tecnología avanzada y la más pura charlatanería. —Agrega Azblanazi.

—Tomaré una muestra de la piel para hacer una prueba de Carbono-14.

—¿Eso no requiere de un laboratorio? —pregunto.

—Afortunadamente aquí tengo todo lo que necesito, el museo tiene que estar preparado para desenmascarar a los charlatanes y datar con la máxima precisión los hallazgos. Tenemos un balancín neumático capaz de hacer añicos el átomo más duro. 10 órdenes de magnitud más preciso y potente que el utilizado en la fabricación de cerveza.

—Pensar que alguna vez la cerveza no tuvo burbujas ni espuma. Ahora parece inimaginable. —Piensa en voz alta Azblanazi.

—¿Qué más puede decirnos del contenido del libro, Ser Higgs?

—Habla de un Trapezoedro Resplandeciente, un misterioso artilugio presente en la obra del árabe loco, supuestamente capaz de abrir una puerta a otro mundo.

—¿Estamos ante una traducción del libro de Alhazred? —Pregunta Azblanazi

—No, Alhazred describe el Trapezoedro como una caja oval, como un retrato. Este Trapezoedro es cúbico, compuesto por 27 cubos idénticos más pequeños.

—¿Ni geometría básica se puede esperar de estos salvajes?

—¿Será esta caja? —Azblanazi, mostrando un cubo metálico del tamaño de la palma de su mano. Cada cara del cubo dividida en nueve cuadrados menores. Seis colores, cinco tonos metálicos, desde la plata hasta el cobre. Y el más oscuro negro que jamás haya visto, si se me permite la redundante expresión. Al mirarlo directamente parecía tragarse la luz de toda la habitación.

Butch se reactiva y parece inquieto.

—Tranquilo amigo. —Digo, como si hablara a un niño.— ¿De dónde sacó ese cubo?

—De una mano del occiso oriental. Creo entender cómo funciona. —El profesor toma el cubo con ambas manos y comienza a moverlas sobre él. Las manos se mueven pero el cubo permanece intacto. Veo los cuadrados de colores moverse de una cara a la siguiente, en filas de tres.

—Listo. —Y nos muestra un cubo con caras lisas, de un solo color por cara y sin divisiones. Tiene una belleza fascinante y repulsiva al mismo tiempo.

Un viento fuerte interrumpe mis pensamientos, como si se hubiera abierto una ventana detrás de Azblanazi y se acercase la tormenta más violenta. Con un golpe seco se cierra el libro sobre la mesa. Parte de la pared que se encuentra detrás del profesor es reemplazada por una imagen que jamás podré olvidar. Imagen que Ser Higgs parece reconocer.

Butch corre.

Azblanazi sonríe.

No sé qué está sucediendo y no tengo palabras para describirlo.


En nuestro aterrador próximo episodio:

Tomo VI-a — "Los tres terrores": Donde tres seres extraños con terribles intenciones hacen su aparición y se descubren con horror los responsables de los crímenes del East End.

Tomo VI-b — "Mi horror favorito": Donde la misteriosa puerta comunica con un lugar donde inimaginables horrores son realidad, Butch cruza el umbral y Smith corre a buscarlo. El destino hace que Azblanazi deba revelar su relación con el caso para que el agente sobreviva.

Tomo VI-c — "Mi monóculo izquierdo": Donde las modificaciones protéticas del profesor Azblanazi salvan el día y se revela el origen de las mismas.

lunes, 23 de julio de 2012

Tomo IV - Un detective suelto en Whitechapel Road

Estaba a unas 5 calles de la estación de policía cuando escuché el inconfundible pitido del Big Vent. Sabía que daba las 7, y sin embargo no pude evitar elevar la cabeza para mirar las agujas, que se encontraban, previsiblemente, en su sitio. La torre pitó de nuevo y expulsó un chorro de vapor, como si respirara en esta fría mañana de invierno. Me sujeté el sombrero con la mano y apuré la marcha.

- Smith, 3 minutos pasadas las 7, pensé que no llegarías! - me dijo el jefe Bishop que ya me esperaba en mi oficina.
- Lo siento jefe - respondí mientras colgaba mi sombrero al lado de la puerta.
- Vamos, estaba bromeando. Tu puntualidad no es algo de lo que pueda quejarme. Una mala noche?
- Tendré que revisar el despertador - mentí. Fue la tercer noche seguida de pesadillas, tan horribles que me cuesta describirlas. Londres devastado bajo un cielo de un color enfermo, iluminado por estrellas en llamas. Hombres y mujeres, presos de una demencia espantosa, sometidos a horrores innombrables. Se me hiela la sangre de tan solo pensar que tuve estos sueños.
- Bien, podrás comprar otro en el East End, porque te estoy enviando allá. Hay un asesinato que debes ver.
- Necesitamos investigar cada ajuste de cuentas entre hampones, inmigrantes y buscavidas?
- En este caso un simple reporte no será suficiente. La orden viene de arriba, parece que el Special Branch está interesado en este asunto. Tal es así que un Profesor Azblanazi y un colega, Ser William Higgs, también fueron convocados. Estarán esperándote en la oficina del constabulario. Manténme al tanto - y dando unos golpecitos a mi mesa, se retiró de la oficina.

Del Ser Higgs sólo había escuchado el nombre, y del profesor ni siquiera eso. Abrí mi maletín, extraje a Butch, le di cuerda y lo dejé sobre el suelo. Inmediatamente empezó a mover la cola y me miró con sus ojos brillantes.

- Butch, has que me envíen por el pistón de correos todo lo que tengan del Profesor Azblanazi y de Ser William Higgs.

Al instante, Butch se acercó al tubo de correos, abrió la tapa con el hocico y emitió una serie de ladridos mecánicos. La tapa se cerró automáticamente y a los pocos minutos, directamente desde el Banco Imperial de Datos, llegó un pistón con la información que había pedido. Anteriormente la gente se conformaba con perros mecánicos que servían solamente para coger el periódico, traer las pantuflas y hacerle compañía a las mujeres en el hogar. Los nuevos perros inteligentes (así los llamaban) eran mucho más capaces. Podían enviar y recibir pistones de correo, como recién había hecho Butch, recordar nombres y direcciones, e incluso navegar en pilas de reportes buscando la información deseada. Los más avanzados (y más costosos) podían tomar fotografías para ser luego enviadas mediante pistones.

Ganaría algo de tiempo leyendo el informe en el camino, así que guardé el pistón en mi abrigo, volví a ponerme el sombrero y le silbé a Butch para que me acompañara. Tomé el tren neumático, que estaba en marcha nuevamente luego del accidente de Knightsbridge. Los ingenieros aún estaban investigando por qué el vapor a presión, que normalmente empuja al tren a través del tubo, perforó uno de los coches y cocinó a las pobres almas que viajaban dentro. La imagen me recordó una de las pesadillas y me estremecí.

Mejor sería pensar en otra cosa, así que cogí el pistón, desenrosqué la tapa y extraje el informe. Ser William Higgs se desempeñaba como director del Museo Trans-Británico desde hacía 12 años, y durante su dirección lo había nutrido de los más preciados artefactos proto-atlánticos. Nacido en el seno de una familia aristocrática, doctorado con honores en Oxford, enseguida llamó la atención de la comunidad científica con su tesis, "Del funcionamiento y construcción de las Máquinas Mecánicas de Anthykera". Este trabajo abrió las puertas a la tecnología pre-Atlante y revolucionó la industria mecánica. Condecorado repetidas veces por Su Majestad, repartía el tiempo entre su mansión en Londres, una casa de campo en Canterbury y, más que nada, diversas excavaciones a lo largo y ancho del Imperio. Leí muy por arriba la extensa enumeración de artículos científicos publicados él, dado que de todas formas no lograría comprenderlos.

El informe del Profesor Azblanazi era en cambio bastante más escueto. Originario de un pueblo remoto en Persia, inmigró al Imperio cuando niño. Al cumplir la mayoría de edad se alistó en el ejército y recibió un título de profesor en Astronomía y Navegación de la Academia Imperial de Artes de la Guerra. Participó en diversas campañas en el Báltico, Rusia y Siberia, sin nada más destacable que una breve estadía en un hospital militar en Azerbaján y algunas promociones negadas. Dedicó los últimos 15 años a la enseñanza de la astronomía en la Academia. Me resultaba extraño, por no decir sospechoso, que hayan emparejado a un científico de renombre como Higgs con un extranjero tan poco interesante como Azblanazi. Me intrigaba aun más saber qué podrían aportar a la Scotland Yard sobre un simple asesinato en el East End.

En la oficina del constabulario me informaron que Ser William y su compañero habían partido hacía unos minutos a la escena del crimen. Le di cuerda nuevamente a Butch y pedí a un joven oficial que me llevara hasta allí. Nos dirigíamos al centro mismo del barrio oriental. Cientos de carteles anuncian tiendas de todo tipo que ocupan la planta baja de los edificios, y la mayor parte de la acera durante el día. Los pisos superiores están superpoblados por familias de chinos y siameses, en su gran mayoría trabajadores de las fábricas que rodean el vecindario. Al final de la calle se podía ver la inmensa factoría de Ser Stephen Workcz, coronada con el inconfundible escudo de unicornio presente en todos los productos que salen de allí. Workcz, industrial de origen polaco, produce los perros inteligentes más codiciados. Sus mecanismos son de una precisión tan delicada que la fábrica únicamente emplea niños y mujeres jóvenes, quienes trabajan hasta el cansancio antes de que sus pequeñas manos crezcan demasiado.

Finalmente llegamos a la puerta de un hotel y subimos los escalones hasta el 3er piso. Lo que encontré ahí me perturbó de inmediato. Un oriental yacía en suelo en una pose grotesca. Su cara presentaba una expresión terrorífica: la boca abierta, los músculos tensos, y los ojos completamente negros, como si el alma hubiera utilizado cualquier orificio para escapar. El cuerpo, desnudo, estaba recubierto de símbolos extraños. Arrodillado a su lado se encontraba quien deduje era Azblanazi, anotando frenéticamente lo que veía en una libreta. Ser Higgs, por su parte, estaba estudiando unos símbolos aún más extraños que recubrían las paredes de la pequeña habitación. A primera vista parecían haber sido pintados con la sangre del pobre miserable.

- Profesor Azblanazi, permítame presentarme, soy el Investigador Smith.
- Mucho gusto - respondió, sin levantar la vista ni dejar de llenar de garabatos las hojas de su libreta. Evidentemente la cortesía persa era muy a la británica, así que me dirigí a Ser Higgs.
- Ser William Higgs, soy el Investigador Smith, de la Scotland Yard. Un gusto conocer a un científico de renombre como usted.
- Oh, no diría que es para tanto, Sr Smith, pero agradezco el cumplido. Qué le parece todo… esto?
- Normalmente diría que algún prestamista vino a cobrar su dinero, no encontró lo que quería, y dejó un mensaje al resto. O tal vez algún ritual, la gente del lejano oriente es algo extraña, y sus prácticas religiosas primitivas a veces se salen de control. Habría cerrado el caso arrestando a algún vagabundo, pero estas inscripciones son realmente desconcertantes y perturbadoras. No soy experto en los idiomas de esta gente, pero no reconozco el idioma… tal vez algún dialecto?
- En mi juventud estudié profundamente las culturas de oriente, y tampoco comprendo estos símbolos. Parecen ser runas nórdicas, que he visto anteriormente, y sin embargo…

Los ladridos mecánicos de Butch interrumpieron a Ser Higgs. El perro de hojalata estaba bajo una mesa, sus patas delanteras retraídas y su hocico de bronce golpeando una de las maderas del piso.

- Qué pasa Butch? Encontraste algo muchacho? - pregunté innecesariamente. Butch siempre se comportaba así cuando encontraba algo interesante. Mirando el piso de cerca adiviné el contorno de una trampilla. El perro había dejado de moverse, así que le di cuerda nuevamente.

- Ábrela.

El perro utilizó el borde de su pata de metal como palanca y la trampilla se abrió. Saqué un libro de cubierta extraña, de un negro pálido y profundo. Inmediatamente Azblanazi se puso de pie y me quitó el libro de las manos.

- Disculpe, Sr Smith.

No lo había notado hasta ese momento, pero el profesor tenía algún tipo de monóculo permanente en su cara. Mientras inspeccionaba el lomo del libro ajustó el extraño lente, con una mano de metal nada menos! Podía ver algo distinto a lo que nosotros veíamos? Había un ojo detrás de ese monóculo? Cuánto maquinaria se había apoderado de ese cuerpo, cuánta humanidad quedaba en su ser? Azblanazi se dirigió al oficial que me había acompañado al hotel, quien estaba esperando pacientemente en la puerta de la habitación.

- Oficial, puede puede decirnos qué entiende de las primeras páginas de este libro? - dijo Azblanazi, ofreciendo el libro al joven.

El pobre hombre abrió el libro e inmediatamente algo en su cara cambió. Las pupilas se ausentaron de sus ojos, y estos se oscurecieron, dándole un aspecto terrible. Sus manos comenzaron a temblar y una fría presencia ocupó la habitación. Dando el grito más horroroso e inhumano que haya escuchado en mi vida, me arrojó el libro a la cara con tal fuerza que me tumbó al piso. Mientras mi vista se enrojecía (evidentemente estaba sangrando) logré ver como el oficial salió disparado hacia la ventana, la cual atravesó de un salto rompiendo los vidrios. Butch saltó detrás de él.

Lo último que recuerdo antes de perder el conocimiento es al Profesor Azblanazi arrodillado a mi lado, estudiándome con ese infernal monóculo.

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Como siempre, junto con las últimas noticias de la Guerra en las Colonias de Jerusalém, una nuevo capítulo de esta increíble historia de ciencia, superstición y mecánica.

Tomo V-a "Esto es el Barrio Chino": Butch, junto a su nuevo amo Ser William Higgs, persigue al lunático oficial por las calles del barrio oriental del East End.

Tomo V-b "Al servicio de Su Majestad": el diario del misterioso Azblanazi revela quién es realmente, el por qué de sus conocimientos astronómicos y su verdadero rol en la Guerra de Siberia.

Tomo V-c "Transbritania": el oficial Smith despierta en la biblioteca del museo Trans-Británico, en donde Ser Higgs y Azblanazi intentan descifrar el contenido del libro encontrado en el East End, abriendo las puertas del museo (y de este mundo!) a lo sobrenatural.

viernes, 20 de julio de 2012

Tomo III - Una noche en el museo




No debí haber examinado los papeles del desdichado Thomas Scott tan adentrada la noche. El contenido fantástico de esas notas me afectó de sobremanera. Tuve un sueño inquieto y mayormente superficial; en contadas ocasiones logró Morfeo cogerme firmemente en sus brazos, que se sentían más bien como garras que hacían jirones mi piel. No puedo describir algunas de las imágenes que me atormentaron durante esa noche.

La luz del alba trajo claridad a mi mente y sosiego a mi espíritu (pero, ay, no sospechaba entonces lo que todavía habría de suceder). Se me había hecho evidente que la infausta expedición de mi apreciado Roger Willmoore había tenido el dramático desenlace que adivinábamos producto de la intoxicación accidental con algún poderoso alcaloide. Un caso extremo de ergotismo, tal vez: esto explicaba sin duda el "calor frío", el terror alucinatorio, incluso, es posible, algunas de las mutilaciones. El tal Matthews puede haber observado algo extraño en el pan de centeno que el grupo consumía y por ello insistía en volver antes de tiempo; claro que ya era demasiado tarde para los pobres diablos. No permití que los horrorosos detalles del caso empañaran la satisfacción de un misterio develado.

Me dirigí al salón, donde me aguardaba la bandeja con el desayuno, preparado por mi fiel Hafiz. Al sentarme en mi sillón, un sistema de poleas y contrapesos por demás ingenioso (no creo que peque de vanidad si lo describo de esta forma) me sirvió una tasa de té de camomila, mi favorito. Junto a mi ejemplar del Morning Post encontré una pequeña tarjeta: el profesor Azblanazi me hacía saber que me buscaría esa tarde en mi oficina del Museo Trans-Británico pues tenía "enigmáticas noticias" para compartir conmigo. No puedo decir que me alegrara la idea de reencontrarme con este personaje extraño y acaso aciago.

Era una mañana fría y clara de invierno, ideal para caminar hasta el Museo, y yo ahora me encontraba de excelente humor (si acaso hubiera sabido lo que sé ahora). Uno de los tantos mendigos que decoran las calles londinenses despertó mi compasión; extraje una moneda de cinco peniques y la inserté en la ranura de su pecho.

- Dios lo bendiga, Ser!

Mientras me alejaba, una melodía metálica proveniente de un mecanismo de relojería inserto en su anatomía comenzó a dejarse oir. La tonada me remitió inmediatamente a Moldavia y Bohemia, y tal vez porque mi mente siguió viajando hacia el este, volvió a ella el profesor Azblanazi. Pensé que ya faltaba poco para que la aguja mayor del Big Vent (puede verse desde cualquier punto de Londres) diera su paso anual de un grado, con lo cual ya serían poco más de diez inviernos desde la Guerra, cuando las
tropas de Su Majestad se abrieron paso por las actuales colonias Báltico-Siberianas. Nuestros temibles cañones de vapor no se dejaron intimidar ni por las rudas tropas cosacas ni por el inclemente invierno. Habría participado Azblanazi de aquellas batallas? Tal vez sus modificaciones protésicas fueran...

En la oficina me encontré con ciertos quehaceres inesperados que me mantuvieron ocupado toda la mañana, de forma tal que me sobresalté cuando un pitido me anunció que un visitante me aguardaba en el vestíbulo. Fui al encuentro de Azblanazi y si bien lo recibí con suma cordialidad, preferí mantenerlo alejado de mi oficina. Lo invité a una sala reservada de lectura en la Biblioteca, le convidé un brandy, prendimos unos cigarros y nos sentamos, enfrentados, en cómodos sillones. Permanecimos unos instantes en contemplación; fue él quien rompió el silencio.

- Lo que voy a revelarle no es de conocimiento público y no debe salir de esta sala. Deberá comprender si no soy completamente abierto con usted y omito ciertos detalles. Si poseo esta información es sólo por tener contacto muy cercano con algunos miembros de Scotland Yard..

Encontré todo esto sumamente sospechoso; por qué habría de tener Azblanazi tales contactos? Sea como fuera, estaba intrigado. Asentí con la cabeza y prosiguió.

- Desde que el Prince Albert amarrara en la aeroestación de Whitechapel, el East End se ha visto sacudido por una sucesión de.... -se detuvo unos instantes mientras medía las palabras- hechos, generalmente violentos, tan horrorosos como desconcertantes.

- El East End está infestado de gente horrible, generalmente violenta y de modales desconcertantes.

Azblanazi, seguramente abstraído en su relato, hizo caso omiso a mi comentario.

- Scotland Yard está haciendo lo imposible por mantener estas noticias afuera de los periódicos, de lo contrario puedo garantizarle que todo Londres entraría en pánico. No puede ser más que una coincidencia, pero es como si los sobrevivientes de la Expedición Willmoore hubieran traído consigo la desgracia...

En este punto sentí que me excrutaba con su mirada, su monóculo atento a cualquier cambio en mi expresión.

- De seguro usted no cree que...

- Ser William - me interrumpió en seco - Scotland Yard estaría muy agradecido si usted pudiera darnos su opinión profesional sobre estos papeles. Pertenecían a Reginald Pitts, un joven tenedor de libros que arrendaba una habitación en Whitechapel Road. Tenemos razones para suponer que fueron compuestos por su propia mano. Mr. Pitts desapareció en misteriosas circunstancias poco después de que fuera asociado con unos horrendos episodios. Estos papeles pudieron ser salvados de las llamas que consumieron su habitación.

Tomé la pila que el Profesor Azblanazi me ofrecía y los llevé hacia un escritorio. Extendí el brazo telescópico del quinqué para alumbrarme mejor y dispuse los papeles sobre la mesa. Constituían una suerte de plano o esquema, de características y propósito indescifrable. Contemplar ese entramado de trazos indebidos fue sumergirme en un abismo de contornos atroces; el vértigo me produjo náuseas. Imposible era
reconocer ninguna forma, ni describir aquello en términos de figuras familiares (es posible siquiera hablar de "formas" al referirse a aquella abominación?). Se equivocaría el lector si pensara que se trataba de un sinsentido, trazos dejados al libre mover de la mano, la obra de un loco o un poseso. Aunque incategorizable, se dejaba traslucir cierto orden, primal y perverso; un fin último a todas luces nefando, una esencia fría y viscosa como las entrañas de un reptil. Había algo en lo que llamare "proporciones" (aunque el término es incorrecto, pues no había tal cosa como "partes") que producía una instintiva repulsión. La voz del profesor me rescató del descenso y me devolvió a la biblioteca, alterado para siempre.

- Diríase que no respeta ningún postulado euclidiano, no es así?

Asentí, pero fui más allá.

- Es acaso posible concebir esta... - no encontré la palabra, pero no me detuve - Es  posible hacerlo sin poner atrás cincuenta siglos, cien siglos de... Es posible siquiera  imaginar la posibilidad de esto sin haber renunciado ya a ser parte de la continuidad de nuestra especie?

Azblanazi pareció no escucharme.

- Ser William, y qué opina de esto?

Su índice de bronce señalaba unas inscripciones rúnicas en el extremo de una de las hojas; hasta ese momento, no había caído en la cuenta de ellas. Las examiné en detalle. Eran decididamente extrañas, de una cultura sin duda desconocida. Y sin embargo, supe que no era la primera vez que veía aquellos repugnantes signos. Recordé ciertos pasajes del libro infame de ese árabe loco, Abdul Alhazred. Un sudor frío recorrió mi espalda: no era acaso ésta una obra cuyos delirios referían a una raza de Antiguos?

Me acerqué al ventanal buscando recomponerme. Encontré el cielo anormalmente oscuro para esta hora de la tarde. Tenían las nubes un tinte verdoso? No, no es posible. Un temporal inflamado sacudía ahora los árboles. Miré mi copa vacía de brandy, era la segunda. Eso debía explicarlo, sin duda, pues no era posible sino que escuchara al viento susurrar, casi entre dientes: R'lye zkrtywe. Per'hn knphfle, Kthulu m'nyfigkha.


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Reclame en el próximo ejemplar del Morning Post otro fascículo de los reveladores "Mótivos del malestar del mundo", así como el siguiente tomo de esta aterradora historia.


Tomo IVa - "De Rusia con amor". Nuestro héroe comparte un ejemplar del infausto libro  con Azblanazi para luego descubrir que no es quién dice ser. Si no es para Scotland Yard,  a quién sirven estas revelaciones?

Tomo IVb - "El extraño mundo de Jack". Los horrores del East End amenazan con  estallar en la prensa independiente. Un supuesto asesino serial asolando prostitutas  probará ser un eficaz señuelo, pero por cuánto tiempo?

Tomo IVc - "Un detective suelto en Whitechapel Road". Higgs y Azblanazi se unen al agente  Smith, de Scotland Yard, y junto con Butch, su desopilante perro de hojalata, recorren las calles del East End para cumplir una importante misión.



miércoles, 18 de julio de 2012

Tomo II - Pánico y locura en las cuevas

Habiéndome inquietado sobremanera la mención que hizo el desagradable Profesor Azblanazi de mi amigo Roger, cuya desafortunada expedición a las cuevas Ygghador de Islandia aparentemente había llegado a mal puerto, nos dirigimos al Asilo Ravenloft para Dementes Incurables, esperando que al ver una cara amiga Willmoore se recompusiera. Apenas entrar al lúgubre edificio, y escuchar los aullidos inhumanos de sus reclusos, me fue evidente que esto no sucedería. De mi breve entrevista con quien fuera el ilustre Roger Willmoore prefiero no hablar; habrá de llevarse sus horribles secretos a la tumba, pues conmigo no logró comunicarse en ningún dialecto conocido por el hombre. Incluso mi experiencia en lenguas me impidió discernir más que una sarta de obscenas incoherencias.

Salí de aquel establecimiento con el peor de los ánimos, y sin haber logrado esclarecer nada. Me excusé con el Profesor Ablanazi, y disponíame a retirarme, cuando un individuo se me acercó abruptamente – evidentemente me había estado esperando – e identificándose como un miembro del Special Branch1, me entregó un paquete de papel marrón sucio, que al parecer había pertenecido a otro de los miembros de la fatídica Expedición Willmoore. Me informó que seguramente sería de mi interés, tras lo cual se esfumó sin mayor ceremonia.

Aquella misma noche, luego de comer con poco apetito la cena preparada por mi sirviente Hafiz, abrí ansiosamente el paquete para descubrir una plétora de cartas y notas diversas escritas por un tal Thomas Scott, miembro de la expedición y cadete de segunda clase a bordo del HMS2 Prince Albert, el más veloz Zeppelin de la flota imperial.

Dispuse los papeles sobre mi escritorio y me aboqué a su lectura. Debo aclarar que omito aquí y allá detalles irrelevantes, y agrego aclaraciones de mi puño y letra donde lo creo necesario.



*** Diciembre 5

Querida Emily,

Por secreto militar no puedo revelar dónde me encuentro, pero estoy bien. El HMS Prince Albert, gloria de Albión, tocó puerto en una estación meteorológica secreta cuya ubicación no puedo revelarte. ¡Todo el trayecto duró unas pocas horas! [ Aquí el joven Scott se refiere a la estación científica en Ygghador. No me asombra su rápida llegada, dado que este moderno Zeppelin alcanza una velocidad crucero de setenta nudos. William. ] Esta joya de la tecnología moderna haría empalidecer incluso a ese mentecato de Phileas Fogg. ¡Ochenta días alrededor del mundo! Prueben mejor cinco o seis.

Nuestra expedición está integrada por un grupo numeroso. La lidera, claro está, el renombrado científico Ser Roger Willmoore, armado con prodigios tecnológicos que no cesan de maravillarme y que nos serán de suma utilidad.

Hay además un contingente de fieros malayos al mando del Coronel Kurtz. El Coronel es un veterano de las sublevaciones de los Zulu en la África Negra. Su cara está zurcada por cicatrices, y su tez tostada por el inclemente sol africano es tan oscura que diríase que de un negro se trataba. Sólo en sus vivos ojos azules se nota el intelecto de un hombre blanco. Los malayos le obedecen sin chistar.

Matthews y yo servimos en la tripulación del Prince Albert. ¿Te acuerdas que te mencioné a Matthews? Nos enlistamos juntos en la armada.

Completa el grupo nuestro médico de campaña, William Gull. Otrora médico de la Corona, aparentemente cayó en desgracia por su participación en un escándalo cuyos detalles desconozco. Matthews opina que lo enviaron con nosotros para alejarlo de la corte.

Te quiere,
Thomas.


*** Diciembre 6

Emily,

Luego de recorrer varios kilómetros desde la estación, nos adentramos en las cuevas de ______, dejando sólo un destacamento mínimo en el Zeppelin. Según Willmoore, las cuevas son el producto del impacto hace milenios de algo que ha dado en llamar la "Anomalía X". Insinúa el Profesor que dicha anomalía no es de nuestro mundo.

Al impactar con la superficie terrestre, este cuerpo extraño dejó un rastro de destrucción a lo largo de tres millas, para finalmente enterrarse en el punto en el cual ahora se abre la entrada de la cueva, como una siniestra boca en eterno bostezo. La circunferencia de la entrada es un agujero inmenso en el hielo y la roca, por el cual pasarían fácilmente varios elefantes. Curiosamente, el hielo no se ha derretido ni alterado en mil años.

¡Gracias a Dios trajimos nuestras lámparas Tesla! De otra forma, la oscuridad adentro sería total.

Me inquieta el Coronel Kurtz. Él y sus malayos van armados con fusiles, incluso los porteadores. Kurtz además blande un sable indio cual si de un machete se tratara. ¿Qué espera encontrar?

Cariños,
Thomas.

PD: le mostré tu retrato a Matthews, quien opina que eres muy bonita. Me dijo sin embargo que andar mostrando retratos de prometidas es de mal agüero. ¡Qué tontería!



*** Diciembre 8

Querida,

La temperatura sube a medida que descendemos por el tronco principal de la cueva, que se hunde más y más en la tierra, como si quisiera tragarnos. Me desconcierta que hacia los lados se abren varias subramas. ¿Cómo es posible, si la cueva es producto de un impacto? Es como si algo vivo o con voluntad propia las hubiera excavado. Si no tenemos cuidado, corremos riesgo de extraviarnos.

Pero el Profesor Willmoore no se desanima fácilmente: ha traído consigo unos artefactos que llama "exploradores automáticos", verdaderos prodigios tecnológicos. De aspecto son como pequeños huevos Fabergé de color dorado, con un rotor en el extremo superior que les permite volar suspendiéndose en el aire. Están equipados con un monóculo de cristal, que les permite registrar la cueva y detallarnos un mapa de la misma. Su "cerebro" funciona gracias a un intricado mecanismo de relojería. El Profesor les dio cuerda, y allá fueron volando a descubrir todos los recovecos de la cueva.

¡Este hombre es un genio! Así no podemos perdernos.

T.



*** Diciembre 12

Estamos perdidos.

Nos habíamos aventurado por uno de los túneles laterales de la cueva, siguiendo un resplandor que excitó la curiosidad del Profesor Willmoore. Kurtz opinó que era "una soberana estupidez" apartarse del tronco principal, pero el Profesor nos aseguró que sus dispositivos exploradores nos impedirían perdernos. Pero al cabo de unas horas de adentrarnos por el túnel, que se retorcía en direcciones inesperadas, resultó que el Profesor no podía encontrar los malditos cacharros.

No tenemos más opción que acercarnos a la fuente del resplandor. De esa dirección proviene un calor frío y viscoso que me resulta desagradable. Los malayos sólo avanzan bajo reiteradas amenazas del Coronel, a quien temen. [ ¿"Calor frío"? ¿"Viscoso"? Desconozco a qué novedoso concepto científico se refiere el joven Scott. W. ]

Matthews revisó las provisiones y me aseguró que alcanzarán para diez días.



*** Diciembre 13

Encontramos uno de los artefactos del Profesor. Se había quedado sin cuerda, y al pararse su rotor se precipitó al suelo, rompiéndose en mil pedazos. Montones de diminutos engranajes dorados decoraban el suelo de la cueva. ¿Los otros habrán corrido igual suerte?

A medida que nos acercamos al extraño resplandor, los ánimos se caldean. Los malayos maldicen constantemente en su media lengua bastarda. Escuché gritos y resultó que el Coronel estaba intentando estrangular a William Gull. Al parecer el médico había intentado tratar un simple raspón con su bisturí de cirujano. Cuando finalmente los separaron, el Coronel todavía vociferaba que, la próxima vez que intentara algo así, lo "operaría con su machete".



*** Diciembre 17

Cinco malayos han desaparecido misteriosamente. El Coronel Kurtz se rehusa a hablar del tema. Durante la ¿noche? se ha pintando el rostro cual guerrero Zulu.

La fuente del resplandor está tan cerca que las lámparas Tesla ya no son necesarias; podemos ver perfectamente las paredes de la cueva, iluminadas por una repulsiva luz verdosa. El Profesor está enloquecido, ajeno a cualquier problema de la expedición, y apura su marcha. William Gull lo sigue en silencio.

Matthews revisó las provisiones y opina que deberíamos volver, pero nadie nos escucha. De todas formas, ¿por qué camino volveríamos?

Tengo hambre.



*** ???

[ A partir de este momento, las cartas no están fechadas. El cadete debe haber perdido la cuenta del tiempo. W. ]

Olvidamos la sed y el hambre al encontrar lo que el Profesor buscaba: un trozo de roca gigantesco, un meteorito refulgente, de un color nauseabundo que no puede ser de este mundo. A su alrededor, esqueletos de cuasi-humanos, o más bien simios deformes, de huesos alargados y cráneos imposibles. Sus restos se disponen alrededor del meteorito, cual si de un ritual perverso se tratara. El Profesor los llama "Antiguos"; ignoro la razón.

Cuando el Coronel preguntó hoscamente si, dado que sus Antiguos estaban a todas luces muertos, podíamos emprender la vuelta, el Profesor lo miró como si fuera débil mental. "¿Qué científico rechaza examinar los restos de una civilización desconocida?", le gritó indignado.



*** ???

El Profesor y William Gull estudian al meteorito; al parecer no es el fragmento principal, sino que una roca todavía más inmensa descansa en las profundidades de la tierra. Sólo pensarlo me da escalofríos. Kurtz y sus malayos – los que quedan – patrullan el segmento de cueva en el que nos hayamos.

Más tarde un porteador tocó la extraña roca con la mano descubierta, desoyendo la advertencia del Profesor, emitió un alarido y salió corriendo. Nunca volvimos a verlo.

Matthews y yo descansamos. Estamos agotados y las provisiones escasean.



*** ???

Emma... Em.. mily, [ Acá la letra se vuelve borrosa y me es dificultoso leerla. Haré mi mejor esfuerzo. W. ]

Tuve un sueño extraño. Soñé que vivía hace miles de años, en una tierra extraña. No era... no era del todo humano. Yo y mis hermanos adorábamos a un Ser Terrible, que dormía y esperaba en las profundidades. ¿Qué esperaba? De alguna forma sabíamos que dentro de eones, habríamos de comenzar nuestra labor. El Ser dormía y palpitaba con desagradable calor.

Me desperté hambriento.

Kkurtz gritaba y discutía con el Profesor. Creo que la pintura de guerra en su cara es sangre.



*** ???

Otro de los malayos intentó irse y apuntó con su fusil a Kurtz. Éste se movió con la agilidad de un gato, cortando limpiamente las manos del malayo con su sable indio, y luego se abalanzó sobre él con un rugido bestial.

Nunca... nunca vi tanta sangre en mi vida.



*** ???

Emmmriry,

Al Prof...esor ya no es posible separarlo de su roca. La ha tocado también, lo ví con mis ojos. Ahora es imposible comprender lo que dice; ningún cristiano ha hablado jamás de esa forma.

Krrurtz y su puñado de malayos ha desaparecido. Se aventuraron por otra de las cuevas y ya no volvieron. El doctor Ghull dormita entre huesos de los Antiguos, a los que ha cortajeado con su escalpelo.



*** ???

Todo está perdido. Los del Ze.. Zeplin decidimos volvernos, como sea. Sólo la locura acecha en estas cuevas infernales.

Empujamos al Prfezor Wilmor lejos de su maldito meteorito y lo llevamos a rastras con nosotros, aullando y llorando. Intentamos hacer lo mismo con Gullll, pero nos amenazó con su cuchillo.

Tengo hambre.



*** ???

errmy

ya no tengo hambre



*** ???

errili
me dejaron escribirte esto al menos eso me dejaron
dicen que le hice algo horrible a matews pero no recuerdo, matews es mi amigo
algo horrible la luz del meteorito
el ser terrible lo despertamos
ya es hora




Inmediatamente comprendí la gravedad de lo que narraban estas cartas semicoherentes. Que el Prince Albert logró volver a Londres es evidente; debió haber sido tripulado por el destacamento remanente, y trasportado a los pocos afortunados que lograron escapar de las cuevas, Scott y sus benditas cartas incluidos. Inquietome la mención a los Antiguos, pues su descripción me resulta similar a ciertas civilizaciones pre-druídicas que... pero deberé investigarlo en el Museo a la brevedad.

Del Coronel Kurtz y el Doctor Gull no se sabe nada al día de la fecha.


[1] En inglés en el original. (N. del T.)
[2] Her Majesty's Ship, denominación de navíos y vehículos al servicio de la Corona Británica. (N. del T.)



Terribles revelaciones para las cuales el hombre no está preparado nos esperan en el próximo episodio:

Tomo III-a - "El horror, el horror": el Coronel Kurtz y su puñado de malayos sobreviven y se adentran aún más en las cuevas, descubriendo algo espantoso sobre los Antiguos y su meteorito.

Tomo III-b - "Una noche en el museo": el Profesor William Higgs se dirige al Museo Trans-Británico, en busca de bibliografía sobre los Antiguos, sin saber que fuerzas cósmicas ya se han abatido sobre Londres, fuerzas que no han de satisfacerse meramente con estudiarnos, y que se retuercen con maldad milenaria y terrible propósito.

Tomo III-c - "El hombre de hojalata": ajeno a la triste suerte de la Expedición Willmoore, el Mecanicista Imperial Charles Babbage termina de ensamblar su más reciente invención: un hombre mecánico y autónomo, capaz de razonar como un niño de cinco años. ¿Es su complejo cerebro de relojería un avance prodigioso para la humanidad? ¿O es, por el contrario, un límite que jamás debió cruzarse?

domingo, 15 de julio de 2012

Tomo I - La Sociedad de Gentiles Caballeros

El gutural pitido del Gran Vent marcó las diez, cortando por un momento con el monótono "clipiti-clop" de los caballos sobre la piedra del camino. Corrí la cortina del carruaje para poder observar mejor la noche londinense y pude sentir el frío a traves de lo cristales. El ténue fulgor de las luces de gas se fundía en la niebla, dejando sólo entrever la fría piedra de las casas circundantes, una coraza vacía e impersonal. De sus cálidos habitantes no había vestigios en la dura noche, acurrucándose cual leños junto al fuego de su interior.

Antes de poder sumergirme nuevamente en mis cavilaciones, el carruaje se detuvo y con un suave pitido de vapor la puerta comenzó a abrirse, desplegando los engranajes de la escalera. Ajusté mi capa y mi sombrero de copa, y bajé del carruaje, sin más que un ademán hacia el cochero y sus ahora inertes corceles de bronce. Sólo el fulgor ténue de sus ojos rojos iluminaba los hilos de vapor que se elevaban de sus hocicos de metal.

Jonás "el seco" se hallaba en la puerta, enfundado en un traje desaliñado, que probablemente hubiera sido donado por la viuda de un caballero tan poco afortunado como él. Las rayas no estaban de moda hacían varios años en Londres, pero ni eso ni el penetrante frío parecía importarle demasiado, razón que atribuí a la botella que intentaba disimular.
- Buenas Noches, Ser William - dijo con un ademán mientras miraba de reojo mi carruaje, con desconfianza.
- Buenas Noches, Jonás - le respondí extendiendo un chelín que guardó automáticamente - ¿has comido algo todavía? Enviaré a Davis con una sopa, la noche está helada...
- Es usted muy amable, Ser... - inclinó la cabeza, sin nunca dejar de mirar mis caballos.
- ¿No te agrada el carruaje, Jonás? - pregunté, casi intuyendo su respuesta.
- No, Ser... - dijo con un poco de vergüenza.
- El Vapor mueve al mundo, Jonás, es hora de que lo aceptes...
- ¡Pero, Ser William! ¡El agua es la sangre de nuestro Señor Jesucristo! - se apresuró a decir. Su tono de voz bajó hasta hacerse casi inaudible - ... en cambio las llamas...
- ¿El instrumento de Lucifer? - completé para su sorpresa. Sus ojos se abrieron como si hubiera visto un demonio.
- ¡Redentor! - exhortó mientras se presignaba.
No debería jugar con las supersticiones de la gente, lo sé. Pero como hombre de ciencia sólo puedo tolerar una pequeña dosis de ignorancia. Lo dejé murmurando y entré al edificio. La sopa lo llevaría nuevamente a sus cabales.


El Gran Salón de la Sociedad de Gentiles Caballeros, o el "Club", como le decimos sus miembros, rebozaba de actividad. Las mujeres tienen prohibida la entrada a esta sagrada institución, así que por sus pasillos sólo pueden verse jovencitas de cortas faldas y turgentes escotes, cigarreras y mozas, sirviendo y recreando la vista de tan distinguidos miembros.

La banda, con sus grandes engranajes y fuelles, ejecutaba una melodía tranquila alimentada por sus gruesos tubos de bronce, mientras algunos grupos jugaban cartas y otros billar. Me acerqué a los sillones frente a la chimenea principal, los no tan jóvenes preferimos tareas menos ajetreadas, como los cigarros y el cognac.

Ser Winston Baldevere ya estaba allí, junto con otro gentil-hombre cuya identidad desconocía. Tenía un monóculo de bronce incrustado de forma tal que no parecía removerse de su cabeza, tal vez suplantando un ojo perdido en un accidente. La historia podía ser interesante, lo que me impulsó aún más a acercarme. Ser Manderly Braid estaba allí con su grueso vientre y sus pobladas patillas, al igual que Ser Bladford Weathley Stanford III con su tono elevado y sus gestos exagerados. Bladford era lo que llamábamos un "gentil heredero", es decir, un noble nacido en tanta fortuna que no había considerado jamás la necesidad de devolver algo a la humanidad con, por ejemplo, un trabajo o siquiera un mísero hobby. Bladford consideraba que su presencia era de por sí un gran regalo al mundo que todos deberíamos apreciar.

- ¡Ser William Higgs! - interrumpió Winston al verme aparecer. Todos callaron un momento para permitirme la inclusión al círculo de conversación.
- Ser Winston, Sers...
- Permítame presentarle al profesor Vladimir Azblanazi.
- Profesor... - al estrechar su mano enguantada pude ver los finos tubos en dorso, su mano también era prostética. Esto se ponía aún más interesante.
- Ser William es...
- Director de Mito-Arqueología del Museo Trans-Británico, - interrumpió el profesor Azblanazi - experto en civilizaciones pre-atlántidas y la persona viva que entiende más lenguas muertas sobre la faz de la tierra, ¿estoy en lo correcto?
- ¡Touché! - dije con una sonrisa, pero recuperando mi mano de su fría prisión. Su tono de voz me dio un breve escalofrío.
Ser Winston parecía un poco confuso.
- Debo disculparme, - dijo el profesor en su acento balcánico - si no he sido completamente honesto con usted, Ser Baldevere. Conocer a Ser William es realmente la razón de mi visita. Si ustedes saben disculparme, necesito unos minutos a solas con él.
- ¡Naturalmente! - respondió Ser Winston todavía sorprendido. - Cuando terminen con su negocio pueden compartir con nosotros unas copas de este excelente cognac...
- Este Napoleón IV no va a tomarse sólo... - añadió Bladford con una carcajada, dándonos el pié para dividirnos sin más gentilezas.

Nos alejamos unos metros, lo suficientemente cerca como para no ser descorteses pero lo suficientemente lejos como para que nuestro tono de voz no fuera audible. Encendí un cigarro. Un lento Zeppelin atravesaba el cielo encapotado, visible parcialmente por fuera del arco del ventanal.

- Iré al grano, - dijo el Profesor Azblanazi, como si hasta ahora hubiera dado algún rodeo. - Vengo a hablarle de Ser Roger Willmoore.
El nombre me golpeó como una bocanada de aire helado. Azblanazi pudo ver mi sorpresa e interceptó mi pregunta antes de que pudiera formularla.
- ¿Cómo lo conozco? Lo conocí antes de que partiera en su última expedición a las cuevas Ygghador, en Islandia.
- ¿Ser Roger ha vuelto? - atiné a a preguntar. Otro millón de preguntas comenzaron a agolparse en mi frente.
- Sí... y no.
Su ojo bueno se clavó por primera vez en los míos y cruzamos la mirada. Su otro ojo, en el fondo de su lente, era inescrutable.
- Ser Roger ha vuelto físicamente a Londres, sí... pero no puedo decir lo mismo de su intelecto.
- ¿Ha perdido la razón? - el millón de preguntas, lejos de evacuarse, se seguía incrementando.
- Podría decirse, sí. Pero antes de que pregunte qué ocurrió, debo confesarle que no lo sé. Sólo puedo deducir parte de lo que ha ocurrido. Ser Roger no ha podido explicarme nada. He venido a pedirle que me acompañe a verlo, tal vez usted pueda sacar algo que hemos pasado por alto.
- ¡Naturalmente! Ser Roger no sólo es un estimado colega... también es un amigo... qué desgracia...
- Sólo una cosa repite una y otra vez, y ahí esperaba que pudiera ayudarme aún antes de verlo. Una frase. La he escrito.

Azblanazi me extendió un papel con unos garabatos. Era un intento fonético por reproducir lo que probablemente Ser Roger en su insanía intentaba vocalizar. No eran sonidos naturales para un ser humano.

"Kbzub'tkch graburgh R'lye zkrtywe"

Formar estos sonidos en mi mente, el sólo reconocer su dialecto, me puso los pelos de punta. En su inhumano lenguaje, la frase decía:

"El agua es torturada. No más. R'lye vigila."

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En nuestro próximo episodio:

Tomo II-a - "Cita con Roger": Ser William acompaña al profesor Azblanazi al asilo a ver a Roger, para descubrir con estupor que no es el único discurso demencial que comienza a cobrar sentido.

Tomo II-b - "Cumbres Vaporosas": Ser William decide pasar primero por el museo, sólo para encontrar que una fuerza sobrenatural ya está intentando forzar su entrada a este mundo.

Tomo II-c - "Pánico y Locura en las Cuevas": meses atrás, la inminente expedición arqueológica en las cuevas de Islandia está a punto de transformarse en una experiencia aterradora.